Estaba sentado en su sillón preferido, por el rabillo del ojo atisbó lo que su olfato le había anticipado. Sin ganas ya de luchar cerró los ojos y pensó en sus hijos, su mujer y en esa isla paradisíaca a la que nunca irían. El rojo dolor en su cuello duró pocos segundos. La bestia eructó -Eres mío- pero él ya no estaba allí...
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