El sol entibiaba perezoso la plaza, la gente caminaba como buscando un abrazo que le quitara tanto otoño. Lentamente el hombre entró al kiosco y la niña sonrió generando una mueca tierna: automáticamente sus ojos negros desaparecieron tras dos tajitos de párpados entrecerrados, unos pícaros hoyuelos se dibujaron en sus mejillas y un rubor incómodo ganó su carita.
Desde su madura indiferencia el hombre la saludó cordialmente y pidió su café de todos los días. Domando el galope infernal de su corazón la niña le sirvió la infusión, nuevamente sonrió y extendió su mano para recibir el dinero. Luego de abonar, él revolvió el café y sopló levantando un tibio vapor de espuma, levantó la vista, guiñó un ojo y se despidió formalmente.
Ella se quedó pasmada, mirando como él se alejaba, pensando y maldiciendo la inconmensurable distancia que la separaba de ese hombre, de ese tipo que apenas la registraba, que a cuentagotas le dispensaba una sonrisa o mirada o guiño. Suspiró y volvió a la rutina de golosinas y dulce simpatía sin sospechar que el hombre que caminaba saboreando un café lo hacía perdido en la visión de unos ojos que desaparecen en una sonrisa de hoyuelos pícaros...
Imagen: "El Vuelo de la Imaginación" - Megan Howland.