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lunes, 5 de agosto de 2013

Rendido



Estaba sentado en su sillón preferido, por el rabillo del ojo atisbó lo que su olfato le había anticipado. Sin ganas ya de luchar cerró los ojos y pensó en sus hijos, su mujer y en esa isla paradisíaca a la que nunca irían. El rojo dolor en su cuello duró pocos segundos. La bestia eructó -Eres mío- pero él ya no estaba allí...

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