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lunes, 29 de agosto de 2011

En automático




Destellos multicolores sobre un negro profundo. Iris sublime pegado a una pestaña maquiavélica que manipula a esa mota de polvo.
Una lágrima salada evaporada  en la comisura de unos labios partidos por un atroz  frío lacerante.
Pies descalzos, talones curtidos y espinas que se ensañan en la áspera carne oscura.
Tierra abajo, tierra arriba, tierra dentro de mí.
Y sin parar escribo. Y duermo y sueño ¿o sueño que duermo? Mejor soñar que no sueño y que todo lo que sueño es real y todo lo que es real es un sueño… o una pesadilla.
Tic-tac, el reloj mental me compele ¿a qué? No lo sé.
Tic-tac, molesta… tic-tac continúa y espero la campanada final que me permita descansar para siempre.
Reposar,  volar y no caer. O caer y volar, planear y esquivar el suelo duro. Revolcarme en las nubes y mirar hacia abajo y escupir a las hormiguitas -que son personas- y esconderme y reír.
Las hormiguitas seguirán siendo hormigas y alguna, de vez en cuando, levantará la cabeza y se animará a mirar al sol, me verá y querrá volar y yo le tenderá mi mano-ala y volará conmigo. Siempre y cuando reciba un pisotón… porque para volar libremente, primero hay que desaparecer.

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