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lunes, 28 de marzo de 2011

La Plaza.



La sombra de un árbol acoge a  amantes furtivos, a viejitos que escapan de los rayos del sol y a  niños aventureros con gomeras en sus bolsillos.
Miríadas de cristales multicolores chocan y tintinean, botín y recompensa del más hábil, cambian de manos, van y vienen, no imaginan su destino; desaparecer, más no ser olvidadas.
El farol, que por las noches atrae bichitos que los duendes atrapan para darle de comer a los sapos que moran en las barrigas de los niños egoístas, descansa y sueña con brillar para siempre.
Los bancos son testigos de alegrías y tristeza, de arrumacos y despojos, de nimiedades y cosas fantásticas. Lamentablemente no cuentan nada, son muy reservados y huraños.
Miles de pajaritos cantan al cielo y al sol, dan gracias por un nuevo día, el viento les responde arrullando, con su paso entre las hojas, a los pichones que duermen en el nido.
Una pelota gastada, una bici, gambetas y volteretas, risas y raspones, caritas pegoteadas y mejillas arreboladas, parejas de la mano y ajedréz. Corceles de madera en vuelta eterna en pos de la codiciada sortija que declare a su jinete campeón. Una plaza, todas las plazas. Quiero volver.

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