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lunes, 24 de enero de 2011

"El Daño"

A pedido de mi querido cuñado Javier... les dejo un relato corto:

A doña Celedonia poco le importa lo que en la radio había escuchado sobre los animales en peligro de extinción, en un mes había perdido cinco cabritos y dos perros. Uno de ellos el Toto, fiel amigo durante siete años,  lo extraña pero le queda el consuelo de saber que el perro  había vendido cara su vida, cuando la anciana lo encontró, entre los dientes había restos de pelos amarillentos ensangrentados.
Motivada por la desazón de haber perdido parte de su paupérrimo patrimonio y haciendo oídos sordos al miedo que le aceleraba el pulso, tomó el facón, respiró profundamente y partió por el sendero internándose en el monte.
Tiene sed y se encamina al arroyo, la herida del costado está sanando, el hambre -siempre presente-  golpea salvajemente  su estómago, por estos pagos se lo conoce como  “El Daño”,  pero él no lo sabe, sólo actúa por instinto, para sobrevivir, cada día hay menos monte, cada día es más difícil encontrar una buena presa, por suerte de vez en cuando se cruza con esos animalitos tan fáciles de cazar, pero que no logran saciar su voracidad.
Ella camina con lentitud pero su paso es firme y todos sus sentidos están alertas, el temible animal puede estar agazapado  tras un espinillo o una roca. La añosa mujer conoce este monte como la palma de su nudosa mano, miles de veces lo recorrió junto a su difunto marido. Ahora encomienda su alma a todos los santos que conoce y especialmente a la memoria de su compañero de tantos años y prosigue su cancino andar.
“El Daño” hace rato que la sintió, escucha sus pies arrastrarse por la tierra seca, huele su miedo. Una presa fácil. Confiado espera, tensa cada uno de sus músculos, agudiza su vista, se prepara para saltar sobre su víctima y dar el zarpazo que le permitirá saciar el hambre por lo menos por un par de días.
La boca pastosa, los ojos entrecerrados a causa del sol del mediodía, le duele la mano que aferra el puñal, pero no ceja, no claudica, persiste. No odia al animal, le enseñaron a respetarlo, a temerle, pero el maldito se está comiendo su sustento, un par de cabritos más y no tendrá nada para pasar el invierno, es él o ella. Levanta la vista y suspira.
De repente un movimiento veloz,  una saeta dorada que atraviesa el espacio,  fauces abiertas,  garras desplegadas, ojos fríos. “El Daño” da su salto mortal. Al mismo tiempo empujada por una fuerza casi sobrenatural Celedonia gira sobre sí misma y extendiendo el brazo hunde el frío filo en el corazón de la desdichada bestia.
La vista se le nubla, le cuesta respirar, no puede moverse, tiene sed, mucha sed, la vida se le escurre y en el último estertor el puma comprende que ése fue su último daño.

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